martes, 17 de noviembre de 2015



EL NIÑO UACA    

 Sin un solo centavo en los bolsillos, el borracho salió de la cantina cerca de la media noche. Lo había perdido todo apostando al cuarenta. Menos mal su compadre de toda la vida le invitó a unos cuantos tragos de contrabando, sino le hubiera tocado aguantarse la derrota a secas.

       Dirigió los pasos hacia su hogar ubicado cerca del cementerio. Caminó por el Penipe desierto de calles en penumbra, cercos de cabuyo negro y lúgubres sombras de cedros en la oscuridad. En medio de la embriaguez, estuvo consciente cuando pasaba frente al campo santo. Aceleró sin atreverse a dirigir ni una sola mirada a las tumbas porque le aterraba. Dobló a la derecha en la esquina y anduvo unos metros más. Ahí estaba el lugar que le advirtió su abuela señalándolo con el índice ¡Huy, cuidado con esa parte del cementerio hijito!, por ahí ronda el diablo. 

       No le sorprendió la mala fama de ese sector del panteón, pues por causa de las novelerías de la iglesia, ahí era donde se enterraban los suicidas y los niños que morían sin el perdón del pecado original. El borracho pensó que la noche se tornaba cada vez más oscura, de pronto, escuchó el llanto de un bebé. Fue un ruido casi imperceptible, un leve quejido entrecortado apenas audible, al cual, no le prestó atención. Siguió caminando, avanzó unos cuantos pasos más, y entonces el llanto fue más evidente. Era un lamento desgarrador, un cloqueo repentino y estridente que le pareció el de un recién nacido. El borracho samaritano buscó por todas partes al bebé, fue difícil por la ausencia de luz, pero al final lo halló, debajo de un enorme cabuyo negro, estaba envuelto como una humita llorando sin tregua.

De pronto afloraron los sentimientos altruistas del borrachín, que compasivo, lo tomó entre sus brazos, pensó que su mujer podría cuidarlo por esa noche, mientras buscaban a la madre desnaturalizada que lo había abandonado. Le pareció que el niño no podía moverse, de manera que lo desenvolvió con ternura y le dijo, Mira qué lindo bebe ¿Por qué te abandonaron? 

     Siguió su camino con el infante en brazos, todavía no terminaba de cruzar por el lado izquierdo del cementerio, cuando se fatigó por el esfuerzo de la carga. Sintió que la embriaguez le pesaba también, no conseguía caminar en línea recta y el bulto era más pesado a cada paso que daba, aunque esta última afirmación, le pareció dudosa, de manera que se detuvo para comprobar la certeza de su absurda percepción acerca del peso del niño ¿Cómo podía un bebé crecer tan rápido? 

    Levantó el velo que le cubría el rostro, mudo de espanto fue testigo de cómo la fisonomía de la creatura cambió. Los ojos se le crisparon, sus rasgos se tornaron diabólicos y le crecieron unos colmillos descomunales. Papá, Papá, ve qué lindos ojos tengo. Papá, Papá ve qué lindos dientes tengo, dijo el niño con voz gutural.  En menos de un minuto el borracho estuvo sobrio por el golpe del susto, pero se quedó paralizado. Papá, Papá, ve qué lindo rabo tengo. Cuando el diabólico bebé dijo esto, el joven salió del estupor y vio que tenía entre los brazos al demonio en persona, no supo de dónde sacó fuerzas para arrojarlo por los aires y salir corriendo tan pronto como sus pies le permitieron. 

     Al siguiente día, encontraron al desafortunado joven, estuvo despatarrado muy cerca del la esquina izquierda del panteón, tenía residuos de espuma en la boca. Los vecinos no dudaron que el guagua auca fue el responsable, pues hace poco un niño murió sin el sacramento del bautismo.
el duende
Cuentan que los duendes habitan en lugares donde hay guaduas, árboles muy altos y fincas lejanas. Dicen quienes lo han visto, que para espantar a los duendes es necesario tocar un tiple (instrumento parecido a la guitarra) bien templado al son de las vacas que llaman. 

La leyenda dice que un señor de apellido Pantoja, en algún lugar de Colombia, tenía dos hijas a las que el duende perseguía y no dejaba dormir. Ellas dicen que sentían un hombre que se les acomodaba al lado y las pellizcaba, las tocaba. Pero prendían la luz, y no había nadie… 

Entonces, llegó el párroco del pueblo y le dijeron: “Padre, imagínese que alguien nos está persiguiendo...” . El cura les dijo que se confesaran y que él luego les daba la comunión. Ese mismo día, en la noche las cogió a mordiscos y no las dejó dormir. Como quien dice, se les agravó la situación con ese personaje.  

Entonces, un señor vecino de ellas, les dio la solución a su problema. Les contó del tiple y ellas le dijeron a su papá que consiguiera uno para poder dejarlo listo la noche, que ya casi llegaba. Así que lo dejaron encima de una mesa, en la habitación de las mujeres. En la noche, llegó el personaje y vio el tiple que sonaba. Más tarde, curiosamente el tiple continuaba sonando. Las mujeres entraron a la habitación, y nadie lo estaba tocando. Se acercaron el tiple, y este se quedaba en silencio. No vieron a nadie. 

Llegó el amanecer y el tiple dejó de sonar. Ya no estaba en la mesa donde las mujeres lo habían dejado. De ahí en adelante, el duende no volvió jamás. 

Cuentan también que el duende era uno de los ángeles preferidos por dios. Como se portó mal, entonces lo mandó al infierno. Estando en el cielo, el duende era uno de los ángeles que tocaban el arpa. Por eso es que para cogerlo y detener sus travesuras, hay que dejar un tiple bien templado. 

Dicen que cuando el duende se enamora de una muchacha, se le mete a la casa para molestarla. Lanza piedras a la casa como si lloviera con terrones. También dicen que invita a los niños a jugar con él en medio del bosque hasta altas horas de la noche. Cuando los padres encuentran a su hijo, lo encuentran arañado, sucio, con mucha hambre, fiebre y con alergia en todo el cuerpo.

martes, 10 de noviembre de 2015

Origen del rio guaitara 

En un guaico de la región de huntallacta, habitada por familias de la población quillacenca, vivía la familia de los guitaros, aferrados a la tierra que explotaban en pequeñas parcelas y recolectaban frutos silvestres para su alimentación.
Estos originaios adoradores de ídolos] de la naturaleza como la ñucallacta (madre tierra) intiguasy (sol), nunca pensaron que a su región le “llegarían los malos tiempos”, siendo por entonces atacados por clanes de otras regiones de las que hacía mucho tiempo no tenían mayores datos; tal vez fue en los tiempos de la invasión inca a la región del Pilcomayo. Se llenaron de pavor cuando esto ocurrió, sintieron su mundo derrumbarse creyendo que los cencas del chota, caníbales, guerreristas crueles, descendientes de los incas de tiuantisuyo, habían llagado a exterminarlos. Al saberse de la gran cantidad de intrusos armados decidieron huir, no tuvieron tiempo para organizarse, se desparramaron por un desfiladero al Yunguita camino de Ancoya y Sandoná
Fueron perseguidos, apresados, obligados a trabajar la tierra como esclavos, subyugada su libertad y tranquilidad. Entre los prisioneros cayó su cacique Guaitara, que se decía era un hombre gran trabajador, rudo pero insigne defensor de su pueblo.[
EL Guaitara, rendido y humillado por los implacables incas, mantenía la mirada vaga hacia el Sol, le vieron triste y que su vida se apagaba lentamente, las noches se le volvían negras, nubladas y lluviosas lo que lo llevó a profunda tristeza, lo embargó la impotencia al no poder defender a su pueblo, lloraba de manera incansable y copiosa sin que los suyos pudieran hacer algo para rescatarlo, no contó con la piedad de los invasores que se dedicaron a colonizar sus tierras.[
En el lugar de cautiverio su llanto era tan profuso que de sus ojos salían riachuelos que al juntarse sobre su colérico y agitado pecho formaron un río que bajó como fuente inagotable, rugiente y tormentosa como clamando venganza
Ese río es el mismo Guaitara, cuyo caudal se creció como en temporal de invierno. Río en el que la propia mirada del indio se desvaneció sin esperanzas, su cuerpo languideció, perdió las energías y se dejó llevar en sus propias aguas hasta llegar al Pilcomayo donde formó un remolino que lo impulsa hasta el mar donde logró ganar su libertad para nunca más volver. Los guerreros incas invasores jamás lo volvieron a encontrar
Esta rebeldía parece ser la que lleva años después a que sus descendientes GUAYROS, (indios de Guaitarilla) reconocidos por su espíritu indómito afloraran un 18 de mayo, todo ese caudal de rebeldía liderados por Francisca Aucu y Manuela Cambal, para protestar contra los extraños Clavijo
leyenda de la laguna de la cocha

El cacique Pucara, cuyo nombre significa Fortaleza, estaba enamorado de la princesa Lluvia de Estrellas, logró conquistarla y formar con ella un hogar donde nacieron tres hijos: Lucero, Estrella y Viento. Los cinco vivían muy felices en ese valle de los Andes que albergaba a siete sobresalientes ciudades, según testimonio tradicional de los viejos pobladores del sector.

Dice la leyenda, que no podía faltar en ninguna armonía social y familiar la presencia de maldad y envidia, y así fue que durante una de las fiestas del Baile del Sol, cuando ya los niños de Lluvia de Estrellas estaban grandecitos, Fortaleza invitó y llevó a su esposa a una de las siete ciudades donde celebraban las mejores fiestas en honor del dios Sol, allí se divirtieron mucho hasta el amanecer.

Narran que Munani (el amante), era el bailarín principal de la comparsa del festejo, impresionó  grandemente al público en general, pero de manera particular dejó caer su gracia y su encanto en la princesa Tamia o Lluvia de Estrellas.
Para la princesa Lluvia de Estrellas, los días a partir de aquella fiesta no fueron los mismos, pensaba en el danzante Munani. Un día, cuando Pucara no se encontraba en casa, llegó Munani a buscar a Tamia, ésta salió y regocijada atendió al danzante, quien definitivamente había impactado en su corazón. Besos y abrazos se dieron los nuevos amantes. Concertando citas a partir del momento, acordaron un día romper con su silencio y decirles a todo el pueblo lo que estaba sucediendo.
Dicen que cuando la gente se dio cuenta de que Tamia y Munani estaban enamorados, Pucara se entristeció, acabó  con su liderazgo y no queriendo estorbar en el camino de los nuevos amantes, se fue a la montaña con sus tres hijos y comenzó a criar y cuidar insectos.

Tamia y Munani comenzaron a andar sin restricción alguna por entre las siete ciudades, se entregaron al amor y la diversión sin ninguna restricción, situación que escandalizó a la comunidad entera, obligando a las personas a no prestar ninguna clase de servicio a los nuevos amantes.

Dicen que un día, golpeando de puerta en puerta, pedían que les regalaran un pilche (totuma o mate) con agua y nadie respondía a su llamado. Hasta cuando se encontraron con un niño, a quien engañaron con la entrega de un pedazo de pan, logrando el pilche con agua.

Los dos enamorados, se acostaron en un potrero cercano y dejaron el pilche con agua a sus pies, y el hombre lo regó. No se dio cuenta que el agua derramada de la totuma comenzaba a crecer hasta que prácticamente los estaba ahogando; en ese momento, llegó un insecto, de los que Pucara criaba y cuidaba con sus tres hijos, lo picó y lo hizo botar abundante agua por la boca y nariz.

Era tan grande su caudal que rápidamente inundó la totalidad del valle, quedando bajo el agua las siete ciudades. Cuentan algunos pobladores, que un sonido de campana fue lo último que se escuchó sobre ese sector que hoy conocemos como el Lago Guamuez o Laguna de La Cocha.

Pucara, que asombrado y entristecido observaba desde la montaña con sus hijos el encantamiento del lugar, lloró tristemente su desgracia, se acogió cariñosamente a sus tres hijos y se quedó petrificado para siempre en la montaña que lleva el nombre del insecto que picó a su rival, !El Tábano!

Cuenta la tradición popular que cuando Pucara recuerda la traición de Tamia con Munami, llora tristemente en medio de rayos y centellas, y sus lágrimas aumentan el caudal de la laguna, causando grandes estragos a los pobladores de las orillas de La Cocha                 

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Una pequeña demostración de el padre descabazado

martes, 3 de noviembre de 2015

EL ALMA EN PENA

De manera acelerada, con paso firme, como queriendo alcanzar en un dos por tres el objeto a lograr, avanza por entre el andén de la casa colindante con el templo, el padre Jaime Álvarez, cura párroco de la vecindad.

Viste de manera sobria con su sotana oscura, raída por el tiempo, resistiéndose a modernizarse en su vestir, considera inoportuno lucir de clergyman como lo hacen hoy en día muchos de los colegas y continua entonces con el tradicional traje talar.

Su alta figura, desgarbada ya por el paso de los años, aun se impone cuando se encuentra en medio de la multitud o en la calle solitaria de su barrio, donde se siente respetado cuando a su paso lo saludad y le ceden sin ningún preámbulo el camino de la acera toda clase de gente, comenzando, claro está, por las viejas matronas del vecindario que aun recuerdan con claridad su llegada a la parroquia y los festejos que con tal motivo se hicieron en su honor.

El repique puntual de las campanas, hace que aligere el paso para entrar de manera inmediata a la sacristía donde ya se encuentra Roger Julián, su fiel amigo y sacristán, quien saludando de manera reverencial comienza a colocar el traje ministerial al presbítero para la celebración de la misa.

De frente a los feligreses, sin saber el porqué, viene a su memoria cierto nombre de la mujer que cual efímero recuerdo da vueltas entre su cabeza sin poder precisar cuál es el verdadero nombre y apellido, y el por qué tanto deambula el impreciso nombre, entre el recuerdo de los años que se esfuman por entre la penumbra y añoranza de un ayer que se fue, pero que aun repercute de manera singular sin recordar de manera incierta el porqué. Extasiado como estaba, pensando, tratando de aprehenderlos para encontrar el verdadero nombre de la mujer que lo retraía en sus recuerdos, se sorprende cuando Roger Julián, da un golpe a propósito al micrófono, tratando de llamar la atención del sacerdote que cual si fuese una estatua viviente se había quedado mirando hacia abajo, hacia un infinito sin fondo, buscando un algo sin encontrar.

Inicio la misa y tal como solía suceder en los últimos días, mecanizaba sin mayor esfuerzo el rutinario ritual, pero con un cierto temor a un no  sé que ni el mismo podía descifrar, menos poder precisar. Cuando llego el momento de expresar el nombre de por quién se celebra el ritual de la misa, su mente se turbo, no pudo pronunciar palabra alguna y cuando descanso desfallecidamente sus manos sobre la mesa que servía de altar, tuvo que cerrar los puños de las manos como queriendo apretar un algo que fácilmente se escapaba entre sus dedos.

Termino con dificultad la ceremonia, esperando en que sus feligreses no hubiesen notado nada extraño en el comprometido comportamiento que solo el quizá su fiel sacristán, sabían por cuanto de un tiempo acá, el pare Jaime, había referido confidencialmente sobre el  momento crítico por el que estaba pasando.

Busco, luego de quitarse el ceremonial traje, un pequeño papel donde bien recordaba tenia escrito el nombre de una mujer por quien debía orar, nombre que  a veces llegaba con gran claridad a su pensamiento y a la vez se perdía, se esfumaba entre recuerdos vanos. No lo encontró, teniendo una vez más que resignarse a continuar hurgando dentro de su pensamiento a ver si recordaba con precisión el nombre de la mujer que se perdía impertinentemente en su memoria.

Ya era tarde las sombras de la noche martilleaban sobre la casa cural y el padre Jaime, decidió con precisión buscar la escalera que conduce del pequeño patio al segundo piso donde se encontraba su alcoba. Atravesó el patio y cuando estaba cogiendo la baranda para iniciar a subir las escalas, miro hacia el fondo, entre el descanso de peldaños y el suelo, y observo una especie particular de montículo oscuro, dotado de cierto movimiento nada natural, hecho que llamo de inmediato su atención, fue hasta él, y  ¡OH sorpresa! Al comprobar con su mano que era el cuerpo de alguien que de manera acurrucada, en cuclillas se tapaba totalmente con un manto negro, como queriéndose ocultarse de todo y de nada.

El padre Jaime con la mano izquierda trata de sacudir el bulto negro y con la derecha ha iniciado la señal de la cruz sobre su cuerpo, pronuncio algunas ininteligibles palabras que ni el mismo supo que decían. El bulto negro, todo cubierto y oculto en plena oscuridad, se había desaparecido